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Página 12

Jueves, 26 de enero de 2012

EL FENOMENO DEL EPUB
SOPA de letras


En paralelo a las ruidosas batallas sobre mercaderes legales y “piratas” sin patente de corso que atañen a la música, el cine y las series, las tensiones involucran un nicho cultural carente de audio: la literatura. En ese contexto, el ePub aparece como un formato de código abierto para la descarga de textos a “máquinas de lectura”. Opinan sus impulsores locales.

Por Javier Aguirre

Corren tiempos difíciles para la democratización de la cultura que se le atribuye a Internet. Entre arrestos de jerarcas como Kim “Dotcom” Schmitz (el de Megaupload), vengativos derramamientos de links de descarga de discografías completas por parte de Anonymous, apagones indignados y tweets beligerantes, una (presunta) gran pulseada se dirime en la arena parlamentaria norteamericana a favor y en contra de la Ley SOPA, que enfrenta a lobbistas de las transnacionales más malvadas y abusivas (discográficas, estudios cinematográficos, automotrices) con lobbistas de las transnacionales más copadas (redes sociales, ¿buscadores?). Todo ante las miradas de millares de artistas-creadores que temen por sus derechos inalienables (o que, en otros casos, apelan a que se los alienen), y millones de degustadores de cultura que temen por sus hábitos de consumo. En paralelo a esas ruidosas batallas sobre mercaderes legales y “piratas” sin patente de corso –que atañen básicamente a la música, el cine y las series de TV–, los alcances y las tensiones de las transformaciones tecnológicas involucran un nicho cultural más silencioso, o en todo caso, carente de audio: el de la literatura.

Así como el MP3 devino en detonador de la guerra sin cuartel –pero con mucho lobby– de la industria musical contra la mal llamada “piratería” digital, uno de sus equivalentes en la conversión del libro de papel y tinta en libro electrónico podría ser el ePub, un formato de código abierto y adaptable para la descarga de textos a diversas “máquinas de lectura” (computadoras, e-readers, tablets, Kindle, iPad, Papyre y siguen –y seguirán– las firmas de soportes digitales para lectores, creados por las multinacionales copadas... o no tanto). Claro, la difusión online de textos tiene más historia que el ePub. Ahí están los formatos anteriores, como el Mobi, o los más terrenales .txt y .pdf. Pero su grado de “apertura”, que delimita su contenido pero no su soporte de lectura, y que por ser de libre uso no supone la sumisión a los monopolios y puede ser utilizado por las editoriales sin pagar, ha redundado en ventajas que lo hacen gozar de buena prensa, o al menos, haberle generado menos recelo que el que afrontó el MP3 cuando irrumpió hace década y media (y que, dicho sea de paso, ha significado desde entonces una facturación millonaria en conceptos de patente para este desarrollo del Instituto Fraunhofer).

“La música es un género y una industria más acostumbrada a los cambios de soporte”, le sugiere al NO Sebastián Morfes, responsable de Determinado Rumor, editorial online argentina dedicada a la publicación de libros de poesía en formato ePub. “Los cambios técnicos seguramente sumarán nuevos autores, usuarios que harán sus propias ediciones, recopilaciones y selecciones de texto; aunque al mismo tiempo, creo indispensable el respaldo de construcciones colectivas como las editoriales”, reflexiona Morfes, cuyo proyecto parece emular el plan original de Radiohead para In Rainbows, ya que propone la descarga de los títulos mediante un aporte “a voluntad”. Por el momento, no obstante, la ecuación de la editorial indica que, por cada 100 descargas, se registra sólo una donación.

“Hoy en día consigo más libros en formato electrónico que en el soporte papel; algunos por agotados, otros por imposibles de encontrar o porque no los importan, y algunos inaccesibles, para mí, por el precio”, revela Cecilia Eraso, autora de Pistas, una de las obras disponibles mediante Determinado Rumor, quien además considera que “las leyes antipiratería sólo tienen sentido para quienes ven en la literatura o en la música un negocio”. Por su parte, Lucas “Funes” Oliveira, responsable de Editorial Funesiana, asegura: “Este es un gran momento para nosotros”. Y postula que el formato de publicación de un título es un derecho del lector: “La editorial tiene el poder que les han dado sus lectores, y a ellos se debe el trabajo de mejorar la propuesta. Si un lector quiere un libro en .pdf, o en ePub, va siendo hora de que nos adaptemos a su pedido, porque con su exigencia nos está diciendo que efectivamente quiere leer los libros que estamos publicando”, explica.

El rol del lector en el establecimiento de nuevas reglas de juego editoriales también es destacado por Morfes: “Hacemos un trabajo que contribuye a que más lectores se acerquen a leer literatura escrita por contemporáneos”, explica el único editor, diseñador e ilustrador de Determinado Rumor. Y se posiciona en el conflicto global actual: “No somos neutrales en cuanto a cuestiones como la Ley SOPA. Además de oponernos, somos parte de una cultura que defiende la solidaridad y la valoración de los saberes, como la poesía, por ejemplo. Hay que prepararse para analizar y pensar cómo será la edición en este campo actualizado y, claro, para defender los textos o el funcionamiento editorial que creemos más justo”.

“Las editoriales vieron lo que les pasó a las discográficas y buscan que la transformación les resulte lo menos violenta posible”, observa, por su parte, Mariano Blatt, autor del libro de poemas No existís, publicado en ePub, y a su vez co-director del sello Blatt & Ríos, que ya edita títulos en formato electrónico. “Hace años que el debate sobre nuevas tecnologías de lectura está estancado en cuestiones como que se extraña ‘el ruido de las hojas al pasar’ o ‘el olor a libro’. Con las oportunidades interesantísimas que se están proponiendo en los niveles de la distribución y el acceso, discutir qué va a pasar con el ‘olor a libro’ me lleva a sospechar que alguien quiere desviar lo central de la discusión”, desconfía.

Sumplemento Ni a Palos
Miradas al Sur


16 MAYO 2012

Ya nadie va a leer tu papel

por Diego Sánchez


Tenía que pasar. Editoriales que digitalizan sus catálogos, libros convertidos en archivos y una importante comunidad de jóvenes que apuesta al formato electrónico como forma de difundir sus obras lograron lo imposible: el libro, último bastión de la cultura analógica, está en jaque. Hablamos con algunos jóvenes editores y escritores que abrazan la fe digital e hicimos una recorrida por el estado actual del ebook para entender el futuro de la palabra: del papel al código.

A pocos días de que cierre el último trimestre fiscal de 2011, la escritora española Lucía Etxebarria escribió en su muro de Facebook:

Dado que he comprobado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una temporada muy larga.

La declaración, como era de esperarse, despertó todo tipo de reacciones. Algunos lo vieron como un gesto de extorsión chirle por parte de la autora y la instaron socarronamente a dar el paso al costado (convengamos que tampoco hizo el anuncio ante una platea de octogenarios defensores de la cultura humanista); otros, en cambio, la reivindicaron como un ejemplo del saqueo al que son sometidos los artistas por parte de “aquellos que quieren todo gratis”; y otros, como el argentino Hernán Casciari, se apostaron directamente bajo el dintel de una puerta simbólica e invitaron a Lucía a abandonar el “viejo mundo” y cruzar, en su lugar, al nuevo y brioso paisaje de la cultura libre.

En cualquier caso, y más allá del complejo y multidisciplinario debate abierto por la novelista (y que supone, en la punta más visible del iceberg, discutir cómo se recauda y se reparte la guita), lo cierto es que su anuncio deja ver una torsión interesante y tal vez novedosa para cierto lector desprevenido: las “copias ilegales” a las que hace mención no son de películas o discos sino de novelas y eso que ella denuncia -y comprueba- que los usuarios descargan son, nada más ni nada menos, que obras literarias. Libros. Después de cuatro siglos y medio de vida, el libro, ese gran tótem de la cultura, parece atravesar hoy un proceso implacable de mutación, un inevitable destino digital por el que ya han pasado la música, el cine, la fotografía, la TV, el periodismo, y muchos otros soportes. Mientras estas líneas se escriben, cientos de personas leen libros que descargaron o compraron a través de internet, cientos de editores se lanzan al mundo de la edición electrónica, y cientos, miles de agentes y empresarios de la industria persiguen la zanahoria digital con el código penal en la mano y luchan, con armaduras vetustas, contra los molinos de viento de un presente inobjetable. Llegó la era del libro digital. Ahora bien, ¿qué trae consigo?

Conde cero

“En el arcaico, pero de moda, negocio de la edición de libros, tal como escribió William Gibson en los ’80 de un modo ciertamente distópico y no menos apocalíptico, lo que resuena arcaico (además de, claro, la idea de “negocio”) es la idea de libro como soporte. Pero el libro no es sino su contenido y ese contenido debe poder llegar a más personas cada vez, y este es el momento: la edición digital lo permitiría”, apunta Cecilia Espósito, editora, correctora y productora de libros digitales. “Sin ánimo de exhaustividad, la edición digital ofrece más oportunidades de publicación, quizás a menores costos, y a menor precio. La edición digital podría simplificar el acceso a la información, además de revitalizar catálogos, puesto que permite volver a editar obras antes inconseguibles y, además, poner a disposición otras más arriesgadas e innovadoras. La edición digital, obviamente, renueva también las experiencias de lectura y añade, incluso, una esfera social distinta, cuando se comparten los comentarios o los pasajes de los libros a través de las redes que algunas empresas están desarrollando”.

En la Argentina, aunque todavía se encuentre lejos de los grandes números, el ebook inició en el último tiempo un silencioso pero seguro proceso de crecimiento: con altibajos, sellos como Mondadori, Alfaguara o Eudeba comenzaron a digitalizar parte de su catálogo. La tendencia, por lo demás, parece el viento de cola de un movimiento global: Amazon, que anunció que abrirá oficinas en nuestro país antes de 2013, ya vende más libros digitales que de papel y los dispositivos de lectura le reportan ganancias millonarias. Su Kindle, al igual que el Nook de Barnes & Noble o el Reader de Sony, entre otros, ofrecen experiencias enriquecedoras de lectura gracias a una cualidad diferencial: en lugar de tener pantallas de LED (que emiten luz y generan cansancio visual), estos e-readers cuentan con la llamada “tinta electrónica”, una tecnología que no irradia luz, posee un alto contraste y permite que los textos sean leídos como si estuvieran impresos en un libro. Todo esto sin contar que dispositivos como el Kindle pesan poco más de 1 gramo y permiten almacenar cerca de 3500 libros en su memoria principal. “El libro en papel, dicen algunos, será un privilegio, cada vez más oneroso y para ciertas minorías, y acaso ya lo viene siendo”, arriesga Espósito.

Brotes

Pero entre el ruido blanco del mercado, la edición digital parece contar también con una cualidad fundamental: su capacidad de democratizar, de ampliar los canales de difusión para la escritura marginal. Con un objetivo claro -aprovechar el abrazo binario de las nuevas tecnologías para publicar poesía argentina contemporánea- Sebastián Morfes lanzó a mediados del año pasado el sello Determinado Rumor. “Me pareció que el momento era ideal para armar una editorial digital que piense cómo actualizar la cultura de una editorial más chica y con otros valores que exceden lo monetario”, asegura Morfes. “O sea, somos una editorial a la que además de pensar sobre qué autor se va a incluir en el catálogo le interesa, también, plantear una relación y una responsabilidad con el nuevo soporte distinta, ya sea por intereses, por formación y por ideología, al resto de las editoriales más poderosas”.

Esa “relación distinta” tiene su ojo puesto sobre la libre circulación de contenidos: mientras algunas grandes editoriales publican con DRM (una tecnología de control que se aplica sobre las obras e impide, por ejemplo, que el archivo sea prestado), proyectos como Determinado Rumor ubican su centro en el acceso irrestricto a los títulos. “Las cosas van a cambiar y es importante que ese cambio signifique democratizar el acceso a las obras y saberes. Los que estamos en el sector editorial tenemos que trabajar hablando sobre el tema, generando alternativas y libros digitales que puedan ser leídos y desarrollados por todos”, afirma Morfes.

Para Lucas Oliveira, responsable de Editorial Funesiana, el formato digital fue una forma de extender el alcance de su catálogo. En ese sentido, al igual que en el caso de Blatt & Ríos, la digitalización es una forma de sortear las dificultades de un negocio repleto de baches. “De un día para el otro, tuve problemas de distribución. Ya no llego a los lugares donde creo que tengo que llegar. No sólo las librerías lejanas; hablo de Chile, Uruguay, España. No puedo enviar tan lejos un sobre con un libro de veinte pesos. Empecé a editar en formato digital justamente para darle difusión a los autores y sus títulos pero sólo porque sentí la demanda de los lectores”.

Además de su amplio catálogo, una de las principales características de Funesiana es su edición artesanal: sus libros son encuadernados a mano en tiradas numeradas, que suponen una relación muy material e íntima con la obra. ¿Es distinta la experiencia digital? “Me da la impresión que de los 40 millones de personas, menos de la mitad integra la “sociedad argentina”. De esa mitad, a un total aproximado de 5 millones de personas les interesa la “cultura”. De esos 5 millones, 1 millón está interesada en la parte de la cultura que refiere a los libros. Y de ese millón, 800 mil personas ya leen ebooks, solo que no lo sabían: páginas webs, blogs (en todas sus formas), mini-blogs (como el twitter), fotologs y poesía visual”, asegura Oliveira y agrega: “Creo que en ese escaso espacio donde circulan los interesados en leer literatura, muchos ya están familiarizados con los ebooks”.

Apuestas

Al otro costado del villorrio digital aparece el Centro de Estudios Contemporáneos (CEC), un espacio que reúne a varios novelistas, poetas, periodistas e intelectuales jóvenes. El CEC no sólo es un tanque de pensamiento y una trinchera que ofrece todo tipo de talleres creativos abiertos al público, sino también, y básicamente, un grupo de estudio y trabajo que aprovecha el aliento digital para hacer circular sus obras. “El proyecto editorial del CEC surgió, en principio, como plataforma para exponer de la mano de las nuevas tecnologías cuáles son las actividades y producciones específicas del centro de estudios”, comenta Nicolás Mavrakis, periodista y autor de “Fin del periodismo y otras autopsias en la morgue digital”, título que puede descargarse gratis del sitio del CEC. Allí también están “La masa y la lengua” de Juan Terranova, una recopilación de artículos sobre internet, literatura y redes sociales, y “Vienen bajando”, la primera antología de cuentos argentinos de temática zombie. “La apuesta de editar de manera gratuita y en formato digital es, en primer lugar, una apuesta por los nuevos canales de circulación de la palabra y, en segundo lugar, por construir espacios editoriales alternativos donde la calidad de los contenidos y de su elaboración, y sobre todo las formas en que pueden consumirse, se sumen al abanico de otras producciones independientes con un sesgo propio”, completa.

Todo va a ser digitalizado, y ése es el camino del futuro. Durante la presentación de su última novela Imperial bedrooms, Bret Easton Ellis (autor de Menos que cero y Psicópata americano, entre otros títulos) habló del futuro del libro. La presentación coincidió en el tiempo con el lanzamiento de la primera versión del iPad por lo que el murmullo estaba en el aire. ¿Morirá el libro de papel? ¿El mundo digital cambiará la forma en que se escribe? Ellis se mostró conciliador: afirmó que el ebook modificará la forma de narrar tanto como lo hizo el salto de la máquina de escribir a la computadora y que, por lo tanto, no hay nada de qué asustarse. Más bien todo lo contrario: en un mundo arrollador, que nos acostumbró al acceso permanente e inagotable a la información, el libro tradicional puede parecer un artefacto vetusto, antediluviano. Demasiado analógico. La edición digital, entonces, puede revitalizar la lectura. “Vivimos en una sociedad que pide más experiencias interactivas -señaló el autor-. Queremos ver imágenes. La gente quiere ver más shows. Así que tiene sentido que la lectura se desarrolle en esa dirección, y si empieza a suceder, si conseguimos satisfacer ese deseo, bueno, incluso puede que se revitalice mi fe en la ficción”.

“El ebook es, ante todo, un cambio de plataforma para un hábito de consumo que ha variado muchas veces antes a lo largo de su historia -agrega Mavrakis-. Con eso quiero decir: no es ninguna novedad extraordinaria que el modo de acceder a la palabra escrita (u oral) pueda mutar y reconstruir los hábitos a su alrededor. Eso es suficiente para ubicarse ante los reaccionarios que no pueden -por brutalidad o romanticismo- escapar del fetiche del papel”

Todavía en ciernes pero avanzando a un paso lo suficientemente decidido como para proyectar sobre el futuro la luz de lo inevitable, hoy el ebook parece más una certeza que una promesa. ¿Es la tumba del papel? “Habrá variedad de libros y más acceso a los títulos”, asegura Morfes. Y concluye Espósito: “Que avancen los ebooks, que también los libros tal como los conocíamos perduren y lleguen a nuestras manos, dentro de un mundo de la edición y una industria cultural con sus propias reglas, tiempos y fantasías realizadas. Y que haya más libros para más. Urge seguir pensando y haciendo, porque hay muchas cosas por resolver e inventar todavía”.

Para acceder a los catálogos digitales

Determinado Rumor


CEC
Nicolás Mavrakis sobre
Los Mantenidos

31.12.2011 | el estigma de una década
Cómo leer los '90 sin clichés


Violeta Gorodischer, Walter Lezcano y Sebastián Robles indagan a través de sus respectivas novelas sobre una época que, a fuerza de haberse reducido a la tragedia económica y al show superficial, se ha cerrado a nuevas preguntas.





Los '90 son un objeto complejo en la literatura argentina. Década estigmatizada simbólicamente por la misma generación que supo disfrutarla y, a la vez, apresada en el discurso único de la tragedia económica por quienes padecieron su otro costado; representada desde el simplismo de la demonización -"el menemismo como segunda Década Infame"- o desde el facilismo políticamente correcto del cliché de "la pizza y el champán", los '90 no terminan de decantar en una forma que explore sus significados profundos. En ese sentido, aquella época continúa siendo una extensa playa abierta a nuevos y necesarios desembarcos. Y no es casual que quienes hoy bordean los 30 años, y para quienes aquella década fue, sobre todo, un período de despertar, de educación sentimental y de maduración, sean los primeros en construir una narrativa que interpela con firmeza a todas las generaciones.
¿Pero cómo reconstruir una época desertificada por prejuicios colectivos? ¿Cómo confluir memoria íntima y memoria social? ¿Qué resta como inevitables huellas generacionales, aun tras la eclosión de 2001? Con estilos y trayectorias singulares, las novelas de Violeta Gorodischer (Los años que vive un gato, publicada por Tamarisco), Sebastián Robles (Los años felices, por Pánico el Pánico) y Walter Lezcano (Los mantenidos, por Funesiana, descargable gratis como e-book) trazan, como una tácita trilogía, líneas poderosas para comenzar a pensar estas y otras preguntas.
"Hay dos miedos que atravesaron y atraviesan a la clase media: el declive económico y el qué dirán. La familia que protagoniza mi relato debe enfrentarlas juntas: desde los gastos exorbitantes por la enfermedad de la hija y la consecuente limitación de los viajes que disfrutaron al comienzo de la década, hasta la percepción de la homosexualidad de su hijo como drama ante la mirada ajena", explica Gorodischer, que en su primera novela alcanza, desde la voz de una joven que recuerda con ingenuidad e inclemencia, un relato sismográfico del devenir de una familia aterrada ante el espejo íntimo de sus propios miedos, durante los años de la Convertibilidad.
Esa misma década es la que configura también un nuevo inventario de posibilidades narrativas. "El acceso a determinados paisajes, gracias a la posibilidad que había de viajar, juega un rol importante a la hora de describir escenarios y sensaciones. En esta novela el paraíso no es Miami sino Cuba. Y la vorágine consumista se traduce en la misma matriz: la familia progre puede hacer el clásico viaje a la cuna del socialismo, pero con los ojos vendados ante las grietas del sistema castrista", dice la autora de Los años que vive un gato, en la que las huellas del pasado alcanzan por momentos un eco magnético al estilo de J. M. Coetzee.
"Quise mantener la percepción de que el pasado próspero de la clase media resultaba tan lejano como la idea de que las transformaciones sociales podían ser llevadas adelante por la política y no por el mercado, como indicaba el discurso hegemónico de la época", dice por su lado Sebastián Robles sobre la dinámica de los adolescentes que, en Los años felices, crecen en medio del repliegue de los grandes discursos colectivos. Relato de iniciación, retrato de nuevos consumos, fotografía instantánea del caos que implica la construcción de nuevos hábitos sociales, Los años felices también es un mapa humorístico de la configuración cultural de toda una generación. "Como adolescente, accedí a una serie de bienes de consumo culturales que eran impensables pocos años atrás. Series, películas, música, programas de televisión, todo eso sigue gravitando en mi formación. Es una influencia que me marcó a fuego y me interesaba rescatar", explica Robles. "¿Cómo ser felices, en ese contexto? ¿Teníamos derecho a serlo? Yo creo que sí y esta felicidad, digamos, esporádica, matizada por la angustia propia de la adolescencia (y por la angustia propia de la época), es la que quise trasladar al texto. Una felicidad no exenta de ironía, pero que no por eso es menos válida", dice ante la "demonización" final que padecería la década menemista.
Por su parte, Walter Lezcano explora el costado menos regenerativo de la experiencia noventista: el desgarro profundo del tejido social. "En mi casa de clase media baja, si es que eso existe, siempre se tuvo que laburar muchísimo para poder llegar a fin de mes. No faltaba la comida pero había que pelearla mucho", cuenta el autor de Los mantenidos, una novela de formación ambientada en el Conurbano Bonaerense donde, con crudeza pero sin conmiseración, Lezcano retrata, también desde un registro en primera persona, los diversos planos del derrumbe material y cultural -y los intentos legítimos (y a veces no tanto) para evitar el abismo-, de los años del uno a uno. "La cuestión económica es un tema importante. A todos los personajes los moldea y delimita sus posibilidades, destinos y accesos a mundos diferentes de su realidad cotidiana. En un punto, es una condena la clase a la que pertenecés", señala el autor.
La cuestión, entonces, vuelve sobre una inquietud común. ¿A qué podían aferrarse los futuros escritores de los '90? "La sensación que tengo de esos años es de un desencanto profundo con los referentes inmediatos. Eso se vio reflejado en la música, con el grunge o el hardcore. De golpe, todos los guachos estábamos solos. Las familias se hacían mierda, los trabajos eran ilusiones, la guita no aparecía por ningún lado y la tele era inexistente, aunque estaban Los Simpsons, dice Lezcano. "Creo que el rock nacional como banda de sonido de las acciones adolescentes aportaron un valor estético: los Redondos en especial, y el contacto iniciático con la angustia y el miedo a partir del caso Bulacio. Todos los jóvenes de los '90 podrían haber sido Walter Bulacio y muchos crecimos con esa sensación de amenaza latente ante las primeras salidas en banda", añade Gorodischer. "No existió el peso agobiante de un Borges o un Cortázar, como le sucedió a la generación anterior. Y en algunos casos, los nuevos referentes ni siquiera provienen de la literatura, sino del cine o la televisión, lo cual me parece saludable y liberador", agrega por último Robles. <

...para todo lo demás



Revista Cítrica publicará un artículo/crónica/manifiesto de la Funesiana desde el stand de la editorial en la Feria de Editoriales del 19° Festival Internacional de Poesía en Rosario.
Aquí un fragmento:

En el Túnel 3, donde se encuEnlaceentra la Feria, están todas las editoriales. Esta vez tuvieron el tino de no invitar librerías sino más editoriales (a pesar de que siempre se olvidan de alguien – típica queja de porteño) pero al invitar más proyectos editoriales he podido conocer otras formas de encuadernación y otros tipos de objetivos editoriales. Todos queremos vender. Todos queremos que lean a nuestros autores. Y todos somos editores. Acá hay muy pocos autores vendiendo libros. En la Feria, los que venden libros, son editores. Y eso es lo primero que me llamaría la atención si fuera rosarino (o portugués). Acá, las discusiones entre stand y stand, incluyen temas como “costo del papel”, “distribución”, “porcentajes justos”, “laminado”, “caja de texto”, “ferias” (en otros lugares) y varios etcéteras que, para los ñoños como yo que aprendemos con cada uno de los libros que nos llega a las manos, nos vuelve felices y preguntones.

la grossa de
Cecilia Eraso
entrevistada





Hacé click en la imagen para escuchar a nuestra bella y maravillosa autora en el programa "Sirenas en bicicleta" que se transmite por la radio La Colmena desde la terraza del Centro Cultural Matienzo (ojo al piojo).
Y citamos parte del audio:

"La vi leer en varios lugares [a Cecilia Eraso]
y es una rockstar:
ropa de cuero negra, estrellas en los ojos"

Por Sol Echevarría y Daniela Szpilbarg







¿Al autor no le interesa que se conozca más allá?

Funes: ¿Salir en la Ñ o estar en El interpretador o en No retornable? Sí que le interesa, pero con esos autores yo no trabajo. Con eso soy muy claro y generoso. ¿Querés figurar acá? Bueno, fijate que hay editoriales que trabajan con ese sistema. El 80% del trabajo que hay que hacer después de escribir el libro, es totalmente ignorado por el autor. No tiene idea qué hay que hacer después de escribir el libro. La mayoría de los textos que yo pongo en el blog diciendo qué hay que hacer después de escribir, los levantan de acá, de allá, algunos tiran mierda, otros dicen: ¿cómo vas a estar diciendo estas cosas? Hay como una cosa de que esa información es poder, cómo se puede publicar, dónde se puede publicar, quién te cobra, quién no, está esa cosa adolescente de que si te cobra va a ser malo. Por ejemplo, los pibes de Milena Cacerola te cobran y tienen un discurso armado. Te dicen, “bueno, vos querés tu libro, esto se paga”. Te informan cómo se hace un libro y te lo hacen de manera que vos te transformes en un compinche de la editorial. Hay como un miedo a que todo el mundo sepa de qué se trata publicar un libro. Hay un total desconocimiento por parte del autor del proceso que comienza a partir de que termina de escribir el libro. ¿Lo mando a un concurso, lo mando manuscrito tres copias a la editorial Anagrama? Como si existiera que alguien alguna vez, en Planeta, lee un manuscrito de un joven autor. Eso no se hace. Las grandes editoriales contratan pequeños editores para ir a buscar talentos. Es lo común. Así funciona; no es ni malo ni bueno: es



Sol Tiscornia escribió
para la revista Ñ
una nota sobre editoriales
artesanales



La poesía del libro artesanal


Construcciones bajas a medio pintar, terrenos baldíos y veredas rotas forman el paisaje de San Francisco Solano, la localidad que ocupa los últimos rincones del partido de Quilmes. En una de las tantas calles de tierra o barro, según quiera la lluvia, hay un portón de chapa: en esa casa se hacen libros.

Adentro, Walter Lezcano, creador de Mancha de Aceite, mueve de arriba abajo una aguja de coser matambre: está uniendo páginas de cuentos. Desde hace un año, cada vez que vuelve de dar clases de Lengua y Literatura en colegios secundarios, ejerce entre esas cuatro paredes su nuevo oficio. Pero, él sabe, no es el único ni el primero que fundó una editorial invirtiendo poco más que una impresora doméstica: en Buenos Aires, e incluso en el país, otros escritores también fabrican libros con la mano, es decir, que cortan papel, lo pegan, lo cosen y lo diseñan, además de pensar y elegir con qué palabras rellenarlo. Tanto Mancha de Aceite como Clase Turista, Funesiana, La Gota, Eloísa Cartonera y Colección Chapita forman el conjunto de proyectos que ingresaron al mercado editorial valiéndose de su capacidad para encuadernar y autogestionarse. Hacen tiradas que arrancan desde 12 ejemplares, pero entre todas ya sacaron a la calle 200 títulos y llegaron a vender mil copias de algunos de ellos. Fueron creadas por poetas y narradores que se apropiaron del derecho a publicar y que se debaten entre ser la consecuencia rebelde de una industria editorial que los dejó afuera o la consagración del deseo de experimentar el texto desde su materialidad y desde el placer, para revalorizar al libro como objeto y espacio fundamental de la literatura.

"Hacer una editorial así es barato y fácil. Es la forma que tenemos de encontrar nuevas voces y demostrar que nosotros podemos escribir bien, que se puede trabajar y publicar en la 'periferia', fuera del circuito tradicional literario", explica Lezcano, que desde hacía años fantaseaba con llevar al papel autores del sur bonaerense para mostrar desde la ficción una cultura que, según él, hasta ahora permaneció escondida.
"Editorial artesanal" es la única expresión que al ser pronunciada no hace fruncir el ceño de Lezcano. En otras casas, otros días y en otros barrios, sus colegas tendrán la misma reacción al ser indagados por la identidad de sus emprendimientos. "Algunos nos caracterizan como 'independientes', pero es una categoría demasiado amplia", protestará Lucas Oliveira, quien en 2006 fundó Funesiana. "¿Por qué nos llaman 'alternativas'? Es un adjetivo vago", se preguntará Daniel Durand, de Colección Chapita. Cada uno lo remarcará a su modo, pero destacarán lo mismo: su sello y escudo es el carácter manual de sus obras. Ellos no sólo decidieron editar libros: aprendieron a construirlos. "Los libros son objetos poderosos. Durante siglos transportaron ideas y esas ideas cambiaron el mundo. Hacerlos y conocer cómo funcionan desde su origen te conecta con su motor interno y su tradición", asegura Iván Moiseeff, uno de los creadores de Clase Turista, antes de mostrar orgulloso sus dedos pinchados por las agujas.

En una habitación alquilada en un edificio semiabandonado en la avenida Córdoba, entre paredes despintadas, Lucas "Funes" Oliveira, un ex futbolista y actual librero de 31 años, baja una vez más la manija de la guillotina y esta vez ya ni siente el ruido: la costumbre dio sus frutos. Los cortes caen sobre las páginas de Plutón canta de Cecilia Eraso. Termina de ordenar las hojas y enhebra la aguja. Da unas cuantas puntadas y arma los cuadernillos. Agarra tres postales, de las que se reparten gratis en los bares, y con ellas arma la tapa. Hace el lomo con la ayuda de una varilla y lo forra con un papel bordó.

Lezcano (30) y su novia, Patricia Giménez, de Mancha de Aceite, repitieron los mismos pasos para publicar los dos títulos de su catálogo: la novela Bailanta de Matías Gómez, y Partes de guerra, del propio editor, que reúne relatos de secundarios bonaerenses. Para encuadernar usaron unas cajas de cartón que donó un supermercado chino, fotocopias y palitos de brochette que funcionaron como soporte para el lomo. Fue el creador de Funesiana quien les enseñó la técnica y los convenció de crear la editorial el año pasado. Para ese entonces, Oliveira ya daba clases de encuadernación y había puesto en marcha su proyecto "Cien Funes Volando", una utopía que aspira a que cada localidad tenga una opción artesanal para sus autores. "Se generan tantas trabas para publicar que es casi imposible imaginar que podés hacerlo. Pero no es así. Con dos mangos se puede hacer un libro, incluso uno lindo, venderlo barato y encima tener una ganancia de hasta el doble para sacar otros nuevos."

El inventor de todo

Primero de mayo de 2010. Los catorce títulos de Funesiana están en fila en uno de los puestos de la Feria del Libro Independiente y Alternativa (FLIA) de Buenos Aires. En frente, en la mesa de Colección Chapita, Durand (46) habla con un potencial lector y le explica cómo incrusta con una prensa las tapas de gaseosa a sus obras. Al lado de los ejemplares de su editorial, con la que da a conocer a jóvenes poetas argentinos inéditos y traducciones "libertarias" que hace junto a otros colegas, hay copias de los viejos trabajos artesanales de Ediciones Del Diego, fundada a mediados de los 90, y que cerró tras la crisis de 2001. Siempre fue consciente de que para publicar no hacía falta recurrir a grandes industrias, mucho menos después de la llegada de las impresoras domésticas. Tal vez sea por eso que Washington Cucurto, a cargo de Eloísa Cartonera, asegura que fue Durand "el que inventó todo". El autor de Cosa de negros conoció Del Diego de cerca: fue allí donde se publicó Zelarayán, su primer libro de poesía. "La forma artesanal de edición es la que más le conviene a los poetas, porque sale rápido, las obras no esperan años para ser publicadas, es barato y se ajusta a su cantidad de lectores", asegura el poeta Durand que, al igual que los dueños de los otros cinco sellos, jamás le cobra a los autores y elige los textos que va a publicar bajo el criterio del placer.
A diferencia de Durand, "Funes" Oliveira antes creía que era imposible que una sola persona hiciera funcionar una editorial. Fue rebotado por incontables casas editoriales del país, por lo que probó hacer cadenas de mails con sus relatos y cuentos. Llegó a tener, comprobados, tres mil lectores cibernéticos. Hasta que hace cuatro años decidió que él también tenía derecho a lucir sus textos en papel, fue a un taller de encuadernación, descubrió que "es una papa", y fundó Funesiana con una prensa que le regaló el escritor Juan Terranova.

Iván Moiseeff (35), de Clase Turista, también fue a uno de esos cursos que duraban dos meses. Quería hacer "libros íntegros, donde el soporte y el texto estén unidos por un mismo concepto". "Jamás podríamos hacer diseños de la complejidad de Clase Turista en imprentas o editoriales industriales, saldrían horribles", advierte. Como Durand, es poeta. Ambos cursaron la carrera de Letras en la UBA, pero la diferencia es que Moiseeff la terminó. Actualmente trabaja como guionista de MTV. Sentado en un banco de su casa, en Villa Crespo, tarda diez segundos en vaciar una taza inmensa de café. Mientras, relata el inicio de Clase Turista, la editorial que fundó en 2005 con Lorena Iglesias (35), su pareja y psicóloga, y su amigo Esteban Castromán (35), licenciado en Ciencias de la Comunicación que está inclinado sobre un sillón con anteojos negros. Iglesias todavía duerme. La mañana no les sienta bien. Es por eso que los libros de Clase Turista se hacen de noche. Así hicieron las primeras 400 copias de Yaaa Aliiii, una antología de poesía iraquí que materializaron en un objeto que simula ser un sobre-bomba. "Para nosotros la literatura es un parque de diversiones; queremos que nuestro trabajo sea un fetiche que divierta, conmueva o te vuelva loco", explica Castromán mientras busca una copia del Manual de supervivencia para los días del gran desastre, una compilación de instrucciones para resistir al fin del mundo en cuya tapa Iglesias pegó una por una decenas de hojas y flores de plástico. Esperan que esas ramas verdes llamen la atención en el puñado de librerías porteñas y españolas donde se consiguen, entre $ 30 y $ 50. Los títulos de Chapita, Funesiana y Mancha de Aceite casi no se venden en negocios, sino que los ofrecen, desde $ 15, los mismos autores y editores en presentaciones y lecturas. "Es una forma de desacralizar a la literatura", asegura Durand. "Sacar al escritor de ese lugar de intelectual inalcanzable", agrega Lezcano.

En el local de Eloísa Cartonera (La Boca), el escritor Washington Cucurto le muestra a una turista estadounidense cómo se fabrican los libros, mientras corta las cajas compradas a los cartoneros. Los trabajadores de esta cooperativa son los únicos de las seis editoriales que cobran un sueldo. Las otras cinco destinan las ganancias a fabricar nuevos títulos. Eloísa es también, la única que publica a autores consagrados –como César Aira o Ricardo Piglia– y la que tiene el mayor catálogo, con más de 120 títulos. Junto a Clase Turista, son las que hacen las mayores tiradas: casi 500 copias por título.

Los otros sellos se destacan por tiradas mínimas y muestran orgullosos los ejemplares numerados. Como Oliveira, que se creía el dueño de la editorial más chica del país (40 copias por edición) hasta que dictó un curso en Santa Fe y conoció a Candelaria Rivero y Gonzalo Geller, creadores de La Gota, que hace tiradas de apenas 12 ejemplares. Ahora, la editorial de Santo Tomé ocupa el primer puesto en el podio imaginario de lo que Oliveira bautizó como "las editoriales más pequeñas de Latinoamérica", en el que Mancha de Aceite se lleva el segundo lugar por sus 20 ejemplares por obra. Colección Chapita los sigue con tiradas de 50, pero Durand sacó tantas reediciones que confeccionó casi dos mil libros.

Para hacer los trabajos de Chapita, el poeta se sienta en la terraza de su departamento en Once, al lado de una guillotina y una prensa antiguas. Durand jamás vio un e-book y ni siquiera se pregunta cómo será. "Lo digital se integra a lo material y también aporta. No es una amenaza, son dos formas distintas de lectura", reflexiona Durand. "La ventaja del libro es que si no te gusta lo podés revolear contra una pared, a la computadora no", retruca Castromán, mientras pasa los ojos por una biblioteca inmensa y blanca. Agarra un ejemplar, Intelectuales, política y poder, y lee que Pierre Bourdieu describe al editor como un "personaje doble", constituido por dos características fundamentales. Una de ellas, "el amor a la literatura". La otra, "la búsqueda del beneficio" y el interés por el dinero. Castromán duda que alguna vez vaya a vivir de las ventas de Clase Turista. Le gustaría, pero teme "que pierda su esencia". Deja el texto de Bourdieu y toma otro. Un diccionario de griego antiguo dice que en Atenas, "poeta" y "artesano" se decían de la misma manera: es un sustantivo que nombraba al hacedor, a la persona que construía tanto objetos como versos.


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en todo sentido


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Y eso que en los libros de La Funesiana se nombra cómo “los talleres de la editorial” es un salón en una casa antigua en Constitución. En uno de esos cuartos de techos altísimos están la guillotina, la prensa, los papeles y cartones, los tarros de cola y los hilos, donde Funes pasa todas las tardes de su vida, cortando, cosiendo y doblando. Desde ese espacio que comparte con bailarines que ensayan en el cuarto de al lado y una banda de rock que hace vibrar las paredes, salieron títulos de Carlos Godoy, Federico Levín, Luciano Lamberti, Alfredo Jaramillo y otros. Todos trabajos personales, de un hablar crudo, directo, en algunos casos emparentado con eso que él llama “la moda de escribir sobre peronismo”, algo que de ningún modo puede configurar un canon o poética, pero que sí comparte un espíritu, algo así como el modo de producción infectando la propia literatura. Los libros de La Funesiana son de tapa dura, textos potentes, cosidos, que pueden dejarte un chichón en la cabeza.
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Mercedes Halfon [ nos dedica ] unas líneas en Radar Libros


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el libro de Luciano Lamberti


San Francisco, de Luciano Lamberti, es lo más cercano a eso. Quiero decir: una invitación a pasear por un lugar que uno desconoce, o un lugar que uno cree que conoce o que puede reconocer. Poemas que en principio son crónicas míticas, caricaturescas, casi ridículas, de una ciudad-pueblo (el San Francisco de Lamberti) construido sobre un pueblo-ciudad (el San Francisco del mapa-institución). En este lugar seudo abandonado, en este simulacro de espacio fantasma, aparecen heladeros perversos, el taradito del pueblo, un alemán que expone serpientes, enfermeras con caramelos media hora durante la navidad de 1983, un bañero malaonda, tres profesores de karate (todos muertos); y mucha agua. Pero jamás nos encontraremos con eso. Sólo podremos leerlo, seguir, entre ciegos e iluminados, el ritmo algo alegre y algo sarcástico de una larga canción: “Los turistas mirarán el agua, / móvil, harán asado, sus hijos tirarán piedras al agua, / una vez, me senté en una piedra a descansar y perdí contacto / no figuraba en los lugares donde había figurado”.


Por Pablo Natale



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Quien suscribe ha sido invitado a charlar sobre este blog y esta editorial en el programa de radio que usted puede sintonizar desde su transistor amigo con la clave "FM La Tribu". Tenga a bien sintonizar esta radio (creo posible hacerlo a través de internet, inclusive) el próximo día lunes a las 20 horas.
El programa se llama ACÁ NO ES (golpeá que te van a abrir) y tiene media horita de curiosos comentarios para luego estar media horita con el invitado que serían todos los autores de la editorial en la nasal voz del señor Funes (o mal llamado Lucas Oliveira).

Sean amables con los mensajes y cuenten algún chiste o hagan alguna pregunta.
Sean amables con el programa y sintonicen el broadcast.

Sin más, saludo a ustedes atentamente.


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IDEADA Y GESTIONADA POR LUCAS OLIVEIRA, LA EDITORIAL FUNESIANA LE HACE HONOR AL MOTE “INDEPENDIENTE” CON SUS LIBROS ENCUADERNADOS DE MANERA ARTESANAL 

A principios de 2006, Lucas Funes Olivera andaba por el mundillo poético/literario –condensado en lecturas, fiestas y hasta partidos de fútbol– con algunos libritos bajo el brazo. Se llamaban Papel, las tapas estaban forradas con páginas de la revista ñ (sí, ese suplemento supuestamente popular del gran diario argentino), contenían una serie de cuentos propios y eran la muestra de su condición de editor self-made: el autor había encuadernado a mano y numerado cada uno de esos libros y dado origen, así, a la editorial Funesiana. 
A partir de ahí siguió armando producciones propias y ajenas –de amigos, claro– como Los Pacoquis, de Federico Levín, Escolástica Peronista Ilustrada, de Carlos Godoy y Grunge, de Alfredo Jaramillo, todos libros felizmente agotados y ahora vueltos a editar. Y también lanzó colecciones cibersubversivas como la llamada Choreos Virtuales, que se encargó de llevar al papel la revista exclusivamente virtual La Contrarreforma, algo que se hace a pedido y por mail. La serie Plaquetas de Poesía se abultó con títulos como San Francisco / Córdoba, de Luciano Lamberti, y Poesía para Gerentes, del mismo gestor de la editorial, quien vende sus producciones a través de Mercado Libre o en eventos literarios. “Nunca ha sido mi intención vender los libros en las librerías, por eso el público al cual está dirigido el sello goza de un nivel de creatividad y entusiasmo acorde con los libros que publicamos”, dice el hombre de apodo borgeano.
Los textos, además, se pueden encontrar en el blog editorialfunesiana.blogspot.com, sitio por el cual nos enteramos que lo que se viene, además de la nueva sede de la editorial en un departamento custodiado por un gato llamado Witold, es la antología de narrativa Autogol, integrada por 11 autores: Peyseré, Oyola, Levín, Moret, Sarachu, Loyds, Souto, Molina, Budassi, Vigna, Quintá. 
Entre los avisos parroquiales también figura la apertura de los talleres de encuadernación a partir de este mes: “La idea sería formar un equipo de encuadernadores estable para la editorial que pueda percibir un ingreso monetario por su trabajo. A la vista pero con tranquilidad, se está viendo la posibilidad de un subsidio para conseguir una guillotina de unos 2000 pesos que sería necesaria para el perfecto terminado de los libros. Por ahora contamos con la inestimable ayuda de los chicos de Eloísa Cartonera quienes nunca dudaron un segundo en prestarnos su propia guillotina”, cuenta Funes. 
La editorial Funesiana, además, está en expansión. Especialmente en su faceta docente: “A los chicos del Centro Cultural Estación Esperanza, en Rafaela, Santa Fe, les enseñé a encuadernar y pronto, menos de un mes, inaugurarán su nueva editorial de libros encuadernados a mano. Mi intención es crear este tipo de proyectos editoriales en distintas ciudades del país, no solo en Buenos Aires, y transmitir el oficio de encuadernador que tiene un mercado laboral bastante interesante y fértil para los tiempos que corren”, concluye el editor/narrador/poeta/ incansable.


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nota publicada en 
nov 2008
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Se realizó el 4º Festi Poet en la ciudad de Rafaela y nosotros estuvimos con nuestros libritos, anotadores y petates presentandoles San Francisco / Córdoba y Poesía para Gerentes, nuestros dos flamantes libros en venta. Hasta ahora, la primera reseña.



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